Comentan en las  noticias cómo los conflictos en los países árabes del Mediterráneo han afectado positivamente al turismo en Canarias.

No puedo evitar recordar la Primavera Árabe como algo bonito, en el sentido romántico de abolir la tiranía y reivindicar la democracia. Pasados unos años es cuando te das cuenta de lo cerca que estuve de no volver a mis Islas Canarias.

Esto que te compras un billete a Egipto aprovechando que estás viviendo en Grecia y te envía un correo Booking diciendo que mejor que no, que te devuelven la pasta.

Resulta que era la Primavera Árabe. Tahrir on fire, el pueblo en las calles, banderas y manos al aire…

En aquel momento no era consciente de qué significaba ese momento. “Ah, eso nada, unas revueltillas y de nuevo calma“, pensé. Y pospuse el viaje dos semanas. Booking aceptó esta vez. Creo que pensaron lo mismo que yo.

El Cairo es una ciudad gris. Bueno, más bién sepia, ya que no es solo polución, sino tierra también lo que se ve y respira en el aire. Una ciudad de casi 9 millones de habitantes donde el Plan Prever no parece tener mucha presencia.

De lo poco que me gustó del Cairo (digo poco porque no pude disfrutar de la ciudad con alguien local para conocer sus encantos) fue poder visitar las Pirámides y hacer fotos de una de las maravillas del mundo sin gente de fondo. ¿Sabes esos momentos cuando no hay nadie y todavía no entiendes por qué?. Simplemente era la Primavera Árabe y era algo muy serio, aunque no sabíamos la magnitud del momento en esos instantes.

Me encantó poder andar por las calles donde días antes hubo una revolución que formaría parte de la historia de la humanidad.

No recuerdo con claridad dónde vi el sarcófago de Tutankamón. Juraría que fue en El Cairo. Lo digo porque hay patrimonio egipcio repartido por todo el mundo. Todo debería de estar en su sitio. No como el caso del frontis del Partenón.

Otra cosa curiosa fue el metro. Es el único de todo el continente africano y motivo de orgullo para todos los egipcios. Un señor se me acercó y me dijo “No puedes estar aquí”. Al principio pensé que era de mal rollo, pero después me explicó que hay vagones de hombres y vagones para mujeres, y si quieres viajar en pareja, la mujer tiene que ir en el vagón de hombres. Resulta que estábamos en el tramo del andén en el que paraba el vagón de mujeres.

Nos bajamos en la plaza Tahrir, vimos un mogollón de gente con banderas, gritando y las manos en el aire. Ahí también vimos las primeras Kalashnikov.

Tras una desagradable experiencia con un taxi para visitar la pirámide escalonada, cogimos un tren a Alejandría, donde el aire ya era diferente. Preciosa ciudad. La biblioteca espectacular. Me hubiera gustado que el famoso faro de Alejandría hubiese seguido en pie. Por lo visto el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas está inspirado en el mismo.

De vuelta en el Cairo, cuando fuimos a comprar el billete de tren hacia Aswan nos dimos cuenta de la gravedad de la situación: “No tickets, my friend. No train. Bombs“, me decía el tipo de la estación.

Por lo visto las vías del tren habían sido saboteadas. Habían puesto bombas en los raíles, por lo que había que buscar un medio de transporte alternativo para recorrer cerca de 1000 km.

En los exteriores de la estación central nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. Era la primera vez que veía una cantidad considerable de turistas juntos y todos estaban nerviosos. Yo también empecé a enervarme. Militares armados y colocados estratégicamente en las esquinas velaban por la calma. Las oficinas de las compañías de guaguas estaban cerradas ya que era de noche y solo habían taxis. Los taxistas se estaban frotando las manos. Pedían cantidades astronómicas aprovechando el momento.

Observé a una familia egipcia con maletas hablando con un tipo que señalaba hacia una esquina. Me acerqué a preguntar. Bingo.

Al rato nos vimos dentro de un autobúas de esos de las películas en las que solo te falta ver gallinas volando dentro. Pestazo a comida (aunque olía rico), eructos, sudor, niños llorando. Nosotros éramos los únicos guiris. Nos sentamos y nos echamos a dormir. El bus solo hizo una parada en todo el trayecto, a las 4 de la madrugada. Creía que mi vejiga iba a reventar.

La verdad, lo pasé fatal. Lo único que agradecí fue tener la oportunidad de sacar un par de fotos curiosas durante el tramo diurno.

Una vez en Aswan, todo cambió. Lo vivido anteriormente parecía un mal sueño. Abu Simbel, Komombo, el mercado… espectacular. Por unos días, nos olvidamos de la tensión sufrida y del loco viaje en guagua.

Poder pasear por los templos sin apenas turistas no tiene precio. Apenas había vigilancia, por lo que podías incluso tocar las ruinas milenarias sin que nadie te llamase la atención. No faltó la vueltita en faluca, el velero tradicional del Nilo. Espectacular la puesta de sol sobre las aguas del legendario río.

Ya de camino a Luxor, la cosa se volvió a complicar. Cogimos un taxi porque las vías del tren seguían saboteadas. El taxista se detenía de repente cuando se cruzaba con otros taxis que venían en sentido contrario desde Luxor.

Les veíamos gesticular mientras conversaban. Gestos de personas disparando metralletas, explosiones, gente corriendo…

En un par de ocasiones, el conductor volvía al taxi diciendo “Danger, danger, my friend” y abandonaba la carretera principal, metiéndose campo a través pisando los cultivos de vete tu a saber quién. Por lo visto, las carreteras estaban controladas por grupos armados. No sé si del gobierno o de la oposición, pero me pareció bien eso de evitar las vías principales. Mi espalda no tanto, por los baches.

En el camino nos cruzamos varias veces con coches pick-up cargados con gente armada. Por suerte, no tuvimos ningún tipo de percance. La verdad, no teníamos muchas ganas de adrelanina.

Luxor también es fascinante. Teníamos reservada una habitación en un hostel pero hacía tanto calor que lo primero que hicimos fue colarnos en un hotel de 5 estrellas haciéndonos pasar por clientes. No nos costó mucho, la verdad, con mi careto. En la piscina, nos pedimos algo de comer y unas cervezas planificando lo que ibamos a ver.

La antigua Tebas tiene mucho que mostrar: El Valle de los Reyes, el de las Reinas, el Templo de Nefertiti, Karnak… Sobre todo Karnak, me encantó.

Será porque me encanta la historia y me emociono cuando me imagino las antiguas civilizaciones con sus costumbres, su cultura, su tradición… y sus guerras. Las mismas guerras que hay ahora. No sé por qué cuando pienso en guerra pienso en los niños. Tal vez por el video de la niña a la que se le va cambiando la cara a medida que va transcurriendo la guerra. Me impactó de por vida.

Ya de vuelta en el Cairo me dio por colgar algo en redes sociales. Resulta que esa misma noche estaba Ginory en la ciudad, mi hermano de otra madre. Estaba de paso para irse a Libia a documentar la guerra para el ABC con Manu Brabo, que unos días después sería secuestrado. Maldita casualidad, qué pena no leer su mensaje a tiempo para echarnos algo bajo la luna del Cairo.

Ese sí que está loco. A documentar la guerra, dice.

Entre fotografías de guerra y de surf radical se juega el físico cada vez que agarra la cámara. Ya tuve bastante en Atenas. Allí aprendí algo importante. No te metas si no es tu guerra.

Esa primavera, Ben Ali en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y Saleh en Yemen, perdieron sus puestos. Gadafi incluso la vida.

5 años después, leo un reporte del ABC que me da mucha pena. Lo que entonces fue una histórica revolución para reivindicar la democracia se ha convertido en un sin parar de guerras, un cúmulo de odio y violencia en el que la política ha pasado a un segundo plano y la religión se ha convertido en la protagonista.

Vi esperanza en los ojos de los viejos cuando estuve allá. No quiero imaginar sus rostros ahora.

Bien para Canarias, donde el turismo ha crecido vertiginosamente. Entre la violencia del Mediterráneo, el boom del surf y el coronamiento de Gran Canaria como destino para nómadas digitales, se ha notado la mejora.

Solamente lamento que haya tenido que ser a costa del mal ajeno de una zona del mundo que lo está pasando fatal en estos momentos. Todo mi apoyo y mis mejores deseos de que las cosas se resuelvan pronto. Todo mi apoyo a los viejos que soñaron un cambio. Todo mi apoyo para los niños, que necesitan un futuro mejor y no tienen la culpa.

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