Corría el año 2012 cuando entré por primera vez en el coworking del Parque Científico-Tecnológico de Tafira. Ha llovido desde entonces, me decía Herbie de Yesland hace un rato.

Guido de Comparadentistas, Santi de Tuecohuella, Alberto y Héctor de Smartbytes, Silvia y Patri de Etnonatuas, Julio de AnimaciónTv y un servidor. Menudo equipo.

Veníamos todos del mismo agujero, la Tecnobeca, un programa de emprendedores de la SPEGC del cual salieron también Yaye y Mahugo de Recomendar, Leire y Mikel de Jukenplay, Luis de Center of Rock, Fran de Streetarter y un montón de gladiadores más dispuestos a comernos el mundo con un escudo y una espada cuando emprender todavía no era moda sino una necesidad en el momento más duro de la crisis que azotó a España. Saludos a todos, luchadores.

Creo que no había ningún otro coworking en la ciudad. No sé si fue antes o después de que Paletexprés abriera en Salinetas, pero creo recordar que en Las Palmas de G.C. no había ningún otro coworking todavía. Algún que otro vivero, si acaso.

Pagábamos menos de 50€ mensuales por persona. Nos vino genial ya que todos nosotros estábamos empezando con nuestras startups y había que recortar gastos por todos lados. Un puntazo.

Cinco años después, la emprendeduría más que una actitud es un negocio.

Alrededor de todo este fenómeno social se ha montado un circo con feriantes y monos. Algo así como el fútbol, que sigue siendo fútbol, pero ya no es lo mismo. Los que saben de lo que hablo saben de lo que hablo.

 

Los verdaderos emprendedores están trabajando. No en la feria.

Dándole duro porque nadie les va a ayudar. Nadie te va a venir a dar una palmadita en el hombro hasta que lo logres. Repito. Hasta que lo logres. La vida del emprendedor es dura y desagradecida. Te quita el sueño, te hunde, de vez en cuando te da subidones y de repente, te da otro revés.

Cinco años después, hay coworkings por todos lados. Hay hasta una asociación de coworkings. Ahora parece que si no curras en un coworking no eres cool.

Los precios han subido, rondan entre 100 y 150€ mensuales el puesto. Ya no es un puntazo. Es un negocio. Parece que ya no se enfoca tanto hacia emprendedores sino más bien a nómadas digitales y autónomos posicionados. Por eso han subido los precios. Algo así como lo que ha pasado con los precios de los alquileres en Guanarteme.

Las vueltas de la vida. Terminé gestionando, entre otros espacios, el Coworking B de la SPEGC. Un coworking público que a diferencia de otros, se creó con el objetivo real de ayudar a los emprendedores de Gran Canaria y acoger a participantes de Programas de Aceleración de Empresas. No para hacer dinero. Me gustó la idea cuando me ofrecieron el reto de ser el Dinamizador del Parque Tecnológico de Gran Canaria.

No hay estudios, no hay un master, no hay un curso de cómo se lleva un coworking y de cómo se dinamiza un parque tecnológico.

Nadie me enseñó cómo se dirige un espacio colaborativo de trabajo. Todo lo tuve que aprender a base de intuición, de lógica y, por supuesto, también de palos.

Pero pronto me di cuenta de que, como en la mayoría de las cosas que implican a varias personas, lo más importante es la empatía, la comunicación y la interrelación con los demás.

No se trata de un simple servicio inmobiliario de oficinas, que también lo es, ya que no se deja de ofrecer un servicio en el que se ocupa un espacio digno de trabajo en contraprestación de un pago. Limpieza, velocidad de internet, decoración y ambiente agradable, mobiliario cómodo. Son cosas que no se deben ni mencionar. Esos detalles deben, por descontado, estar en óptimas condiciones.

Un coworking tiene un factor humano, una interconexión entre sus componentes que hay que mantener y mimar.

Un coworking es como un jardín de orquídeas, de plantas delicadas, no basta tan solo con echarles agua. No son cactus. Hay que estar atento a los pequeños detalles. Atender a cada uno de los coworkers como un miembro de una comunidad, no como a un inquilino.

Y es así cuando, como coworker, produces en tu trabajo. Está demostrado. Produces más. Cuando estás en un ambiente agradable en conexión con elementos que te aportan energía positiva y no te la roban. Cuando te sientes como en casa e incluso mejor que en casa.

En los coworkings la gente rota porque las personas evolucionan, porque la vida sin cambios ni avances no es vida. Y eso es lo que nos diferencia de las orquídeas y de los cactus. Nos movemos.

He tenido la suerte de poder estar presente en algunos de los pocos eventos y programas que se organizan sobre estos temas, como el Coworknet, donde se reúnen algunos de los coworkings más representativos de Europa a hablar de sus experiencias, a exponer datos, estadísticas y resultados de encuestas. Resumiendo, información de interés con gente que sabe del tema y con la que he tenido la suerte de aprender un poquito más.

Está demostrado. Hay datos que lo prueban. Trabajar en coworkings es una evolución en la optimización de los resultados del trabajo de las personas. Se ha conseguido que los freelance salgan de sus cuevas en sus casas pero lo importante ahora es no desvirtuar la esencia, no convertirlo en una moda pasajera. Ya se ha convertido en un estilo de vida del cual, gracias a internet, han surgido nuevas tribus sociales como los nómadas digitales.

En los coworkings ocurren cosas sensacionales de las cuales he sido testigo y de las cuales me siento afortunado por haber estado presente. Y las que me quedan por ver.

He visto cómo gente sin recursos han logrado cosas que no tienen precio.

He visto cómo unos desconocidos se ayudaban mutuamente de forma desinteresada.

He visto cómo varias personas que llegaron por separado se unían formando un equipo para unir fuerzas y crear una empresa.

He visto cómo gente tímida e introvertida que casi no creía en si misma, de repente se venía arriba cuando se le daba la oportunidad de contar su sueño en público.

He presenciado cosas bonitas. He presenciado -no puedo definirlo de otra manera- milagros.

Unas fotos no pueden expresar esos momentos, tampoco mis garabatos podrían explicar las cosas que pasan en el Coworking B.

Y cada uno se va buscando la vida como puede. Algunos mejor que otros, como en todos los sectores, pero lo que sucede en un coworking es digno de estudio y de análisis.

No sé si seré testigo de ver cómo nace y despega una superestrella del emprendimiento algún día desde el Coworking B.

Lo que sé es que ya me siento parte de una galaxia de personas que me han aportado más de lo que creen cuando me dan las gracias por las pequeñas cosillas en las que les puedo ayudar.

No sé si en todos los coworkings, públicos y privados, ocurre lo mismo. Espero que sí. En caso contrario, me considero afortunado por lo que he vivido y me siento orgulloso de haber aportado algo para que estos milagros hayan tenido lugar. Amén.

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