Es algo que no está escrito, pero que todos los que lo han vivido saben. Es algo que no se experimenta hasta que se anhela su falta. Es algo que aunque se siente, no se promulga así como así, pero cuando se dice, se dice con el corazón.

Las islas tienen algo especial.

Ya me pasó en Grecia. Toda Grecia es espectacular, pero era inevitable no constatarse de que muchas frases terminaban en “pero en las islas es diferente”. Hay más de mil islas en Grecia y no tuve la oportunidad de ver muchas, pero en las que estuve, se notó la diferencia al momento. Sobre todo en Creta. Tela con Creta.

El pan, el queso, el vino, el estilo de vida, hasta la forma de hablar es diferente en las islas.

Lo mismo me pasó con Italia. Roma siempre será Roma, pero mi paso por Cerdeña y sus paisajes y olores me marcaron. Tengo que volver para conocer el sur a ver si logro encontrar a alguien que me de a probar el queso ese con gusanos y por otra parte, me queda pendiente la mítica Sicilia.

Todos mis conocidos italianos me hablan de forma especial de Sicilia y he conocido a muchos sicilianos que me ofrecen su hospitalidad para que vaya a visitarles. No entiendo cómo no he ido todavía. No encuentro el momento de darme un salto, pero tarde o temprano caerá. Promesa.

Las Baleares siempre estarán en mi corazón. A pesar del turismo masificado que reciben, no han perdido su encanto en cuanto a lo que se belleza se refiere. Todas las islas del mediterráneo tienen ese azul característico y esa vegetación próxima al mar que hace de cualquier paraje una preciosa postal. Ese azul esmeralda, como el de las islas del Pacífico o del Caribe que, acompañado de arenas blancas han creado entre nosotros ese concepto idílico de isla paradisíaca que, aunque no me llama especialmente, no puedo negar que se ve bonito.

He de admitir que me quedo con el azul atlántico. El bravo océano. Como el caso de Madeira. Qué decir de Madeira, de su comida, de sus calas y sus montañas. Su increíble similitud con Canarias me hizo sentirme cómodo desde el primer momento y cuando me enteré del incendio el pasado verano del 2016 me dolió tanto como el que una semana antes azotó la isla de La Palma porque un guiri lunático le prendió fuego a un papel después de limpiarse el culo. Eso no se hace, coño. Haz lo mismo en Alemania para que veas lo que te pasa.

Es cierto. Lo reafirmo. Las islas tienen algo especial y es un hecho innegable que el isleño que lleva un tiempo sin volver comienza a experimentar un sentimiento de nostalgia muy difícil de expresar.

En Canarias lo llamamos mawa, que literalmente significa nostalgia o tristeza. Vuelvo y repito, no se trata de la belleza de los paisajes. Hablo de la forma de ser de la gente, de la comida, del estilo de vida.

Es algo que afecta a la cercanía y al calor entre las personas, a la personalidad, a la alegría de vivir, al hecho de tener una historia y una cultura particular respecto al continente.  Solamente hay que ver la diferencia -que se nota- entre cada una de las 7 Islas Canarias, por no hablar de La Graciosa, la octava isla que nadie cuenta con las manos pero sí con la que se cuenta cuando se piensa en un descanso. El que ha disfrutado de su magia sabe de lo que hablo.

No confundamos ser de una ciudad o de un pueblo costero con ser isleño, que, aunque se puede parecer, no es lo mismo. Se puede anhelar el mar y se puede paliar con acercarse a la costa, pero para un isleño es diferente. Es otra historia.

Las grandes urbes, las multitudes están bien, sobre todo cuando eres joven y siempre quieres más, pero a todos nos llega ese momento en que te das cuenta de que menos es más.

Por eso no vale hablar, por ejemplo, de Gran Bretaña o de Japón -que tienen muchísimo que enseñar- pero ya son islas demasiado grandes, pierden el encanto, la esencia del concepto de isla. Lamento no haber podido visitar Okinawa, Hokkaido o cualquiera de las islas menores en mi paso por Japón. Deben de ser increíbles. Tan solo alejarse de Tokyo -que de por sí es espectacular- ya revelaba la auténtica magia del país nipón.

Y llega el momento de hablar de Jeju, la isla de Corea del sur que parece que últimamente se está poniendo de moda a nivel internacional. Aparte de ser uno de los pocos surfspots de Corea, aparentemente se está convirtiendo en un destino de interés para los nómadas digitales.

A mí personalmente, quitando el hecho irrebatible de mis orígenes coreanos, me llama la atención el tema de las Haenyeos, las Sirenas de Jeju. Un estilo de vida peculiar.

Las ironías de la vida. Lo que antes era considerado como algo de muy bajo estatus social, se termina convirtiendo en Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Me encantaría ir a Jeju solamente para verlas en acción. Eso y ver a un par de artistas calígrafos en acción para ver si cojo algún recorte para mis cosas. Tengo entendido que son muy buenos.

Así es. Las islas tienen algo especial que no tienen las costas de penínsulas y continentes. Algo inexplicable que no se sacia con el olor a mar. Será porque la gente de las islas es diferente. No digo que sea mejor ni peor, simplemente diferente. Será por el hecho de que su recorrido tiene un principio y un final, que se termina para iniciar un nuevo ciclo. Algo así como la vida misma. Tal vez sea por eso que la inmortalidad está sobrevalorada, por la belleza de lo efímero.

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