Siempre me habían hablado de La Luz del Hierro.

No es como la Luz de Mafasca. No tiene nada de leyenda o de misterioso. Es algo real y tangible. Hablo de la luz, propiamente dicha, de los colores, de ese elemento que hace que un paisaje parezca más bello, que hace que las fotografías incomprensiblemente salgan más bonitas.

Siempre me habían hablado de la isla del Meridiano, de su magia y su belleza. Hasta más de uno me ha llegado a decir que es la más bonita de todo el archipiélago. Y con razón. He de admitir que mi ranking personal de las islas más bonitas de Canarias ha variado mucho desde mi viaje al Hierro.

Los canarios, los inquietos, solemos tener sed de viajar, de salir de las islas y de conocer mundo. Y eso es bueno. Es necesario para saber lo que hay ahí fuera y así poder valorar lo que tenemos en casa con cierto criterio. Todo canario debería visitar cada una de las ínsulas de su archipiélago, sin excepción y sin excluir La Graciosa ni Lobos. La gente alardea de sus vacaciones en Marruecos, de la última escapada a Nueva York o del viaje a Tailandia o a Bali, pero se ve también un poco irónico presumir de canario si en realidad no conoces tu propia tierra.

Solo me faltaba el Hierro. Llevaba un buen tiempo queriendo cumplir con una de esas cosas que tenía pendiente por hacer: visitar las siete islas y sus islotes. Suena fácil y lo es, pero hay un repertorio tan grande de destinos en el planeta que, a la hora de elegir cuando tienes ocasión, siempre dejas lo más fácil o cercano para el final.

Lo que nunca me pude imaginar es que, tras un buen tiempo sin escribir, volviese a encontrarme con la motivación en el aeropuerto de Valverde, esperando a embarcar de vuelta a mi querida Gran Canaria tras un inolvidable fin de semana en la isla del Meridiano.

Son muchos los sitios que hay que visitar. Árbol de Garoé, Mirador de La Peña, Valverde, La Caleta, Roque Bonanza, Mirador de las Playas, la Restinga, el Pinar, el Sabinal, el Faro de Orchilla, el Golfo… Todos y cada uno de ellos, con su historia y su magia. Todos, por cierto, van a la Sabina más famosa, pero hay muchas más. Yo descubrí mi propia Sabina particular que iré a visitar siempre que vuelva a a la isla. Permitan que me reserve su ubicación.

Solamente en El Golfo hay casi tantas paradas obligatorias como las que hay en todo el resto de la isla: La Punta, con el hotel más pequeño del mundo, la Iglesia de Frontera, las piscinas naturales de La Maceta, el Arco, el Charco del Sargo, el Pozo de la Salud, el Charco Azul…

No obstante, a mis ojos, las guías y blogs de viajeros sobre El Hierro que estudié antes del viaje se dejaron atrás dos parajes que me encantaron y no deberían de ser excluidos. Tal vez debería de callármelos yo también. Acabo de caer en la cuenta. Tal vez sea por eso que no se mencionan. Para que cuando regrese a la isla, no me los encuentre plagados de turistas haciéndose selfies.

Pero si existe una isla que no esté turísticamente masificada es El Hierro, y el turismo que llega, no es precisamente el calificable como plaga. La gente que llega al Hierro es porque quiere, como quise yo en su momento, ver algo más, llegar más allá, hasta el final. Aunque es cierto, también, que vi indicios de extranjeros afincados en la isla, muchos de ellos montando algún negocio turístico, pero, sorprendentemente, muchos de ellos también trabajando en la agricultura.

Lo que voy a hacer es no dar nombres. Mejor así. Así solo los más curiosos tratarán de encontrar estos sitios por su cuenta y se mantendrá un poco la magia, el encanto. Lo que en los setenta tenía Guguy en Gran Canaria y que ya ha perdido en cierto sentido. Aunque, todo sea dicho, Guguy siempre será Guguy.

Existe un tramo de carretera entre Frontera y el Faro de Orchilla que se cierra de noche. No pregunté el porqué del cierre pero cuando me vi in situ lo comprendí de inmediato. La carretera está demasiado a pie de risco y en caso de desprendimiento de rocas, el accidente es inminente. De noche sería imposible ver venir el impacto. Sería mortal.

Pues justamente en este tramo tenemos el primer must que descubrí por casualidad. Posiblemente una de las pocas playas de arena de la isla y seguramente la única de arena blanca. Me pareció increíble ver tan poca gente disfrutando de este hermoso paraje. Solo vi a gente local acampada con sus furgonetas. Ni un solo turista. Precioso.

Pero me quedo con el otro must. Está al final del mencionado tramo de carretera, justo antes del inicio del ascenso hacia el faro de Orchilla. Muy particular. Primero por ser de arena roja. Creo que la única playa de arena roja que había visto hasta entonces era la de Santorini, aunque me han dicho que en Alegranza hay otra. Por otra parte, nada más llegar te topas con un cartel que avisa de peligro de desprendimiento, y es entonces cuando ves las rocas caídas y te da un poco de respeto la idea de morir aplastado por una roca de una tonelada mientras tomas el sol.

Pero todo sea dicho. La playa es espectacular y más aún si te la encuentras totalmente vacía, como me la encontré yo y con la arena virgen. No puedes evitar querer dejar tus huellas en esa arena totalmente lisa. El darte un baño mirando al horizonte, hacia lo que antiguamente era el fin del mundo conocido.

Podría hablar horas y horas del Hierro, pero creo que una imagen vale más que mil palabras y que tal vez sea mejor descubrir por uno mismo su encanto y verificar si de verdad, la luz del Hierro es tan especial.

Lo que sí que reafirmo es que no puedes hablar de Canarias si no la conoces. No puedes opinar sin criterio. No puedes decir que eres canario si ni siquiera conoces lo básico de la cultura y la historia de Canarias. Estoy bonito yo para hablar, también. Pero es así, es verdad.

Canario, conoce tu tierra.

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