Pues ya ves, Zagreb es de esas ciudades que te sorprenden gratamente hasta el punto de decir «tengo que volver con más tiempo». Tiene menos de un millón de habitantes y es capital europea. Por eso tiene el encanto de una gran ciudad sin los inconvenientes de la masificación.

Fui a un evento de Coworknet, un evento europeo de coworkings que se celebraba en la ciudad que me pilló en una de esas épocas en las que tienes tanto trabajo que no te da tiempo a preparar la maleta debidamente y mucho menos el viaje.

coworknet-zagreb

El taxi del aeropuerto al centro de la ciudad me costó 240 kunas, unos 35€. En la vuelta y tras el consejo de unos amigos descubrí que podía haber pillado un «Ekotaxi» a través de Uber, que podría haberme costado la mitad o menos (importante: taxi gris = puñal en la espalda. Ekotaxi blanco = tu mejor amigo). Uber no ha llegado a España aunque ya arrasa en Europa. O no ha llegado, o no la han dejado llegar.

Si hay algo que tiene Zagreb, al igual que la mayoría de las grandes ciudades, es historia. Atacada por romanos, otomanos y nazis, para terminar con la guerra de Bosnia en los noventa, se respira historia y cultura por todos lados. No hables de Bosnia en Croacia porque la conversación se puede alargar. Yo tampoco voy a hablar del tema. La guerra. La puta guerra.

Me encantó la idea de caminar por las calles que Nikola Tesla también anduvo una vez. Hay incluso un museo tecnológico que lleva su nombre. Algunos dicen que era bosnio, otros que croata. Por lo visto, la madre era croata y el padre bosnio, o al revés. Una discusión tan tonta como lo de la montaña de Guía o de Gáldar.

Todavía no entiendo cómo la sociedad no ha rendido el homenaje que se merece uno de los hombres más influyentes de la historia de la humanidad.

En la trasera de la calle del Swanky Hostel  hay un parque subiendo una cuesta donde vi gente entrar por una puerta con mala pinta. Se trataba de algo bastante singular: un túnel construido tras la Segunda Guerra Mundial para refugiarse durante posibles bombardeos, el cual nunca llegó a utilizarse para tal fin. Es más, estuvo cerrado hasta pasados los 90 para, cosas de la vida, celebrar una superfiesta Rave de lo más -nunca mejor dicho- underground. La gente la recuerda como algo mítico. Me lo creo.

El túnel llevaba abierto hacía apenas dos meses desde que se volvió a cerrar tras la rave hacía 20 años atrás, por lo que ni siquiera las guías turísticas contemplaban este nuevo spot de la ciudad.

Por lo visto el ayuntamiento está planteándose convertir la galería de refugio en galería de arte. Qué cosas, considerando que el arte es un refugio.

Tras unos 800 metros de misterioso recorrido, de profundos ecos y silencios, fuimos a parar cerca de la Plaza de Josip Jelacic, donde la estatua de un héroe a caballo que abolió la esclavitud, da nombre a la plaza mayor de la ciudad.

También hay un reloj que, por lo visto es el sitio donde la gente local queda con los amigos. Es curioso ver cientos de personas debajo de ese reloj. Tanta gente que a veces no puedes ver a esa persona con la que has quedado.

De ahí subimos unas escaleras para llegar al Mercado Dolac, donde una especie de cooperativas de agricultores vende sus productos frescos y totalmente orgánicos. Como en todos los mercados, la explosión de colores y de olores es increíble.

Cerca está la Catedral, algo así como la Sagrada Familia croata, y no por su estilo neogótico, sino porque lleva más de 20 años en reformas y no han terminado todavía. Tanto la catedral como muchos otros edificios históricos los construyó Hermann Bollé, un arquitecto alemán afincado en la ciudad. Aunque, todo sea dicho, el tipo lo hizo bastante bien, supongo que eso de contratar profesionales de fuera en vez de apostar por el talento local es algo habitual en todas partes.

De ahí nos movimos a Tkalčićeva a echarnos unas cervezas artesanales. Tkalčićeva es una calle muy transitada de la ciudad que antiguamente era también la calle de las prostitutas.

Existe una estatua de metal de una señora asomada a una ventana. Les invito a que la busquen y le saquen una foto… Por detrás.

Por si no lo sabían, se dice que la corbata fue inventada en Croacia. Las mujeres de los soldados ponían a sus maridos un pañuelo amarrado al cuello, para que pudieran reconocer a los de su bando y no matarse entre ellos en la batalla. Además, devolver el pañuelo a su mujer solía ser la última petición de un soldado moribundo. Nada que ver con la función que tiene hoy en día un trozo de tela amarrado al cuello.

Cerca está la iglesia de San Marcos, probablemente el símbolo de la ciudad por los colores de su tejado con la bandera de Croacia. Se dice que en la plaza se amarraba a los delincuentes a un poste para que pasaran la humillación de que la gente los viese ahí. También hay unos farolillos que antiguamente un sereno encendía cuando se hacía de noche. Hoy en día se conserva la tradición y un señor hace el paripé todos los días haciendo que las enciende, aunque son eléctricas.

Dando media vuelta hay una cuesta abajo que lleva la torre del cañón. A mitad de camino está el Museo de las Relaciones Rotas. Aparentemente una estupidez, aunque al final me pegué un buen rato allí leyendo las anécdotas de otros y observando las donaciones que la gente hacía al museo. Me quedo con el hacha como objeto curioso y con la historia de la dominatrix.

Hay varias versiones de la historia del cañón. Me quedo con mi favorita. Se dice que los otomanos estaban a las puertas de la ciudad para invadirlas. Desde la torre, al mediodía, se lanzó un proyectil, el cual se dice que cayó en un plato de pollo que iba a ser servido al Pachá invasor. «Menuda puntería» dijo el Pachá. «Mejor seguimos de largo que esto es mal presagio». Y la ciudad se salvó. Desde entonces, todos los días se dispara un cañonazo ficticio al mediodía.

Hay una vista preciosa de la ciudad a los pies de la torre del cañón.

De frente, el funicular de Zagreb, cuyo recorrido es de apenas un minuto, pero que merece la pena coger ya que te lleva a un restaurante que me gustó. El Njummy. Lo descubrí gracias a mi amigo Marin. Cenando me comentó que quería dejar su empleo como director de ventas en una importante multinacional de domótica y para dedicarse a su verdadera pasión: el fitness. Le animé a hacerlo y a que se fuera a California a aprender de los mejores. Hay que hacer lo que a uno le gusta.

La calle principal tiene un montón de tiendas. En una de ellas compré un regalo, unos pendientes de diseño clásico de Dubrovny en una joyería muuuuy vieja. La calle atraviesa la plaza mayor y tiene un montón de recovecos laterales en los que puedes hacer descubrimientos curiosos como una tienda retro vintage o negocios cerrados o en declive como tiendas de revelado de fotos setenteras.

Hay que salir del centro también. Y eso hice, en todas direcciones. Caminando por Marticeva encontré una tienda de diseño en cuya segunda planta que hay un coworking de diseñadores. Más adelante está el Zlatna Skoljka, donde la comida es buena y los platos son generosos.

En el antiguo teatro había una exposición de Giacometi de la cual salí bastante impresionado. No por las figuras del «hombre que camina», que están muy bien y nunca te dejan indiferente, sino porque además proyectaban unas imágenes de los refugiados de Siria que me dejaron bastante impactado. No sé quién era el autor de los vídeos pero al final salí contento con el 2×1.

No puedo decir lo mismo del Museo Mimara, que me decepcionó bastante, salvo por un Renoir que pude ver de cerca (e incluso tocar) ya que no había absolutamente nadie en el museo, ni vigilantes. Qué me gusta tocar lo prohibido. Soy peor que un niño.

Por lo demás, estuve vagabundeando por ahí. Muchos edificios deteriorados llenos de tags y graffitis, aunque no vi mucho arte urbano. Muchos establecimientos antiguos y modernos, desde videoclubs a tiendas de vinilos, pasando por peluquerías de diseño o de ropa alternativa.

Me hubiera gustado ver un poco más de la vida de Zagreb. Posiblemente lo haré de paso cuando vuelva a ver a mi amigo Petar en Splitz y disfrutar de la costa del Adriático. Hasta entonces, me quedo con buen sabor de boca y sigo dibujando sonidos.

 

«Un instrumento barato, no más grande que un reloj, permitirá a su portador escuchar en cualquier lado, en el mar o en tierra, música o canciones, o un discurso de un líder político, dictado en cualquier otro sitio, distante. Del mismo modo, cualquier dibujo o impresión podrá ser transferida de un lugar a otro». (Nikola Tesla)

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 [:en]Pues ya ves, Zagreb es de esas ciudades que te sorprenden gratamente hasta el punto de decir «tengo que volver con más tiempo». Tiene menos de un millón de habitantes y es capital europea. Por eso tiene el encanto de una gran ciudad sin los inconvenientes de la masificación.

Fui a un evento de Coworknet, un evento europeo de coworkings que se celebraba en la ciudad que me pilló en una de esas épocas en las que tienes tanto trabajo que no te da tiempo a preparar la maleta debidamente y mucho menos el viaje.

coworknet-zagreb

El taxi del aeropuerto al centro de la ciudad me costó 240 kunas, unos 35€. En la vuelta y tras el consejo de unos amigos descubrí que podía haber pillado un «Ekotaxi» a través de Uber, que podría haberme costado la mitad o menos (importante: taxi gris = puñal en la espalda. Ekotaxi blanco = tu mejor amigo). Uber no ha llegado a España aunque ya arrasa en Europa. O no ha llegado, o no la han dejado llegar.

Si hay algo que tiene Zagreb, al igual que la mayoría de las grandes ciudades, es historia. Atacada por romanos, otomanos y nazis, para terminar con la guerra de Bosnia en los noventa, se respira historia y cultura por todos lados. No hables de Bosnia en Croacia porque la conversación se puede alargar. Yo tampoco voy a hablar del tema. La guerra. La puta guerra.

Me encantó la idea de caminar por las calles que Nikola Tesla también anduvo una vez. Hay incluso un museo tecnológico que lleva su nombre. Algunos dicen que era bosnio, otros que croata. Por lo visto, la madre era croata y el padre bosnio, o al revés. Una discusión tan tonta como lo de la montaña de Guía o de Gáldar.

Todavía no entiendo cómo la sociedad no ha rendido el homenaje que se merece uno de los hombres más influyentes de la historia de la humanidad.

En la trasera de la calle del Swanky Hostel  hay un parque subiendo una cuesta donde vi gente entrar por una puerta con mala pinta. Se trataba de algo bastante singular: un túnel construido tras la Segunda Guerra Mundial para refugiarse durante posibles bombardeos, el cual nunca llegó a utilizarse para tal fin. Es más, estuvo cerrado hasta pasados los 90 para, cosas de la vida, celebrar una superfiesta Rave de lo más -nunca mejor dicho- underground. La gente la recuerda como algo mítico. Me lo creo.

El túnel llevaba abierto hacía apenas dos meses desde que se volvió a cerrar tras la rave hacía 20 años atrás, por lo que ni siquiera las guías turísticas contemplaban este nuevo spot de la ciudad.

Por lo visto el ayuntamiento está planteándose convertir la galería de refugio en galería de arte. Qué cosas, considerando que el arte es un refugio.

Tras unos 800 metros de misterioso recorrido, de profundos ecos y silencios, fuimos a parar cerca de la Plaza de Josip Jelacic, donde la estatua de un héroe a caballo que abolió la esclavitud, da nombre a la plaza mayor de la ciudad.

También hay un reloj que, por lo visto es el sitio donde la gente local queda con los amigos. Es curioso ver cientos de personas debajo de ese reloj. Tanta gente que a veces no puedes ver a esa persona con la que has quedado.

De ahí subimos unas escaleras para llegar al Mercado Dolac, donde una especie de cooperativas de agricultores vende sus productos frescos y totalmente orgánicos. Como en todos los mercados, la explosión de colores y de olores es increíble.

Cerca está la Catedral, algo así como la Sagrada Familia croata, y no por su estilo neogótico, sino porque lleva más de 20 años en reformas y no han terminado todavía. Tanto la catedral como muchos otros edificios históricos los construyó Hermann Bollé, un arquitecto alemán afincado en la ciudad. Aunque, todo sea dicho, el tipo lo hizo bastante bien, supongo que eso de contratar profesionales de fuera en vez de apostar por el talento local es algo habitual en todas partes.

De ahí nos movimos a Tkalčićeva a echarnos unas cervezas artesanales. Tkalčićeva es una calle muy transitada de la ciudad que antiguamente era también la calle de las prostitutas.

Existe una estatua de metal de una señora asomada a una ventana. Les invito a que la busquen y le saquen una foto… Por detrás.

Por si no lo sabían, se dice que la corbata fue inventada en Croacia. Las mujeres de los soldados ponían a sus maridos un pañuelo amarrado al cuello, para que pudieran reconocer a los de su bando y no matarse entre ellos en la batalla. Además, devolver el pañuelo a su mujer solía ser la última petición de un soldado moribundo. Nada que ver con la función que tiene hoy en día un trozo de tela amarrado al cuello.

Cerca está la iglesia de San Marcos, probablemente el símbolo de la ciudad por los colores de su tejado con la bandera de Croacia. Se dice que en la plaza se amarraba a los delincuentes a un poste para que pasaran la humillación de que la gente los viese ahí. También hay unos farolillos que antiguamente un sereno encendía cuando se hacía de noche. Hoy en día se conserva la tradición y un señor hace el paripé todos los días haciendo que las enciende, aunque son eléctricas.

Dando media vuelta hay una cuesta abajo que lleva la torre del cañón. A mitad de camino está el Museo de las Relaciones Rotas. Aparentemente una estupidez, aunque al final me pegué un buen rato allí leyendo las anécdotas de otros y observando las donaciones que la gente hacía al museo. Me quedo con el hacha como objeto curioso y con la historia de la dominatrix.

Hay varias versiones de la historia del cañón. Me quedo con mi favorita. Se dice que los otomanos estaban a las puertas de la ciudad para invadirlas. Desde la torre, al mediodía, se lanzó un proyectil, el cual se dice que cayó en un plato de pollo que iba a ser servido al Pachá invasor. «Menuda puntería» dijo el Pachá. «Mejor seguimos de largo que esto es mal presagio». Y la ciudad se salvó. Desde entonces, todos los días se dispara un cañonazo ficticio al mediodía.

Hay una vista preciosa de la ciudad a los pies de la torre del cañón.

De frente, el funicular de Zagreb, cuyo recorrido es de apenas un minuto, pero que merece la pena coger ya que te lleva a un restaurante que me gustó. El Njummy. Lo descubrí gracias a mi amigo Marin. Cenando me comentó que quería dejar su empleo como director de ventas en una importante multinacional de domótica y para dedicarse a su verdadera pasión: el fitness. Le animé a hacerlo y a que se fuera a California a aprender de los mejores. Hay que hacer lo que a uno le gusta.

La calle principal tiene un montón de tiendas. En una de ellas compré un regalo, unos pendientes de diseño clásico de Dubrovny en una joyería muuuuy vieja. La calle atraviesa la plaza mayor y tiene un montón de recovecos laterales en los que puedes hacer descubrimientos curiosos como una tienda retro vintage o negocios cerrados o en declive como tiendas de revelado de fotos setenteras.

Hay que salir del centro también. Y eso hice, en todas direcciones. Caminando por Marticeva encontré una tienda de diseño en cuya segunda planta que hay un coworking de diseñadores. Más adelante está el Zlatna Skoljka, donde la comida es buena y los platos son generosos.

En el antiguo teatro había una exposición de Giacometi de la cual salí bastante impresionado. No por las figuras del «hombre que camina», que están muy bien y nunca te dejan indiferente, sino porque además proyectaban unas imágenes de los refugiados de Siria que me dejaron bastante impactado. No sé quién era el autor de los vídeos pero al final salí contento con el 2×1.

No puedo decir lo mismo del Museo Mimara, que me decepcionó bastante, salvo por un Renoir que pude ver de cerca (e incluso tocar) ya que no había absolutamente nadie en el museo, ni vigilantes. Qué me gusta tocar lo prohibido. Soy peor que un niño.

Por lo demás, estuve vagabundeando por ahí. Muchos edificios deteriorados llenos de tags y graffitis, aunque no vi mucho arte urbano. Muchos establecimientos antiguos y modernos, desde videoclubs a tiendas de vinilos, pasando por peluquerías de diseño o de ropa alternativa.

Me hubiera gustado ver un poco más de la vida de Zagreb. Posiblemente lo haré de paso cuando vuelva a ver a mi amigo Petar en Splitz y disfrutar de la costa del Adriático. Hasta entonces, me quedo con buen sabor de boca y sigo dibujando sonidos.

 

«Un instrumento barato, no más grande que un reloj, permitirá a su portador escuchar en cualquier lado, en el mar o en tierra, música o canciones, o un discurso de un líder político, dictado en cualquier otro sitio, distante. Del mismo modo, cualquier dibujo o impresión podrá ser transferida de un lugar a otro». (Nikola Tesla)

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